domingo, 3 de marzo de 2013

Espantapájaros, nº 25


 He querido traer aquí un ingenioso poema en prosa de Oliverio Girondo
 que el poeta decidió dejar fuera de su primera edición de Espantapájaros.
Ha sido encontrado entre los papeles que su viuda, Norah Lange,
donó en 1965 a la UBA (Universidad de Buenos Aires).


Me resultaba en todo punto insoportable su guerra clandestina. Mi conciencia hipersensible no podía tolerar sus cuerpecitos muertos y crujientes en el bolsillo del saco, sus trincheras detrás de los paquetes de café, sus golpes sordos, apenas audibles en mitad de la noche. Me fui de la cuadra donde viví desde niño para evitar la presencia de sus pequeños fantasmas, que rondaban siempre mi cabeza, y me vine a esta solitaria casona de campo. Pero ellos vinieron conmigo y yo intenté parar la matanza como pude: corté la carretera que cruza el pasillo con una barricada, horadé las paredes de la sala buscando sus centros de operaciones, apelé a organismos supranacionales e impedí toda forma posible de comunicación; fui diplomático, chantajista y espía.

Y sin embargo, sus arrugados cadáveres seguían apareciendo en mi sopa  y torturando mis sentidos. O lo hacían hasta la semana pasada. Hace siete días que no encuentro ningún tumulito funerario, hace siete días que no oigo sus escaramuzas en el recibidor. Aunque al principio estaba muy contento con la tregua, después de unas noches he comenzado a imaginarlos construyendo un ataúd mucho más grande de lo habitual y ya oigo el negro rumor de sus trabajos a través de las cañerías. Y me  he dado cuenta de que no puedo salir de la casa, ni llamar a Paula ni confiar en que alguien en treinta kilómetros a la redonda escuche mis gritos.