lunes, 30 de julio de 2012

Búho nocturno




Lo supimos la tarde en la que tú
estudiabas bioquímica y yo
escribía un poema sobre tirios
y troyanos, haciendo tiempo, muerto
de calor y de ti, observando como
un búho hambriento el campo inmenso y claro
de tu espalda, esperando una señal,
un leve movimiento de tus cejas
que indicara el momento de dejar
los libros y la muerte y emigrar
a la cafetería más cercana.

Lo supimos entonces, de la única
manera en que es posible conocer,
es decir, con la boca. Comprendimos
que el único camino de la carne
es encajarnos en endecasílabos
o en teorías cuánticas o en burdos
sistemas de valores, porque al fin
todo esto es lo mismo, porque está
reservado a los dioses y a los locos
escapar a las cárceles del hombre.

Comprendimos. Después tú me miraste
y me dijiste:
                       el mío, muy cargado.

miércoles, 18 de julio de 2012

Valga este poema como desquite por la crítica y como reclamación del verso tridecasílabo, ese pequeño amigo tan (¿comprensiblemente?) ignorado por la lírica española. Démosle una oportunidad a nuestro delicado compañero para que muestre su sensualidad modernista.


Cartago y salafismo

Entre las ruinas polvorientas de ciudades
que aún recuerdan el sudor y el vocerío
de la batalla eternamente repetida
que comenzó (si es que comienzan estas cosas)
con una reina helena huyendo de palacio
y un pío yerno, que no pudo evitar
enamorarse, una vez más, de la mujer
equivocada ( como bien se ocuparía
de demostrar el viejo zorro de Catón),

entre las ruinas truculentas de ciudades,
decía, y cráneos reventados de romanos
que se perdieron en la niebla de los tiempos,
exhiben barbas muy proféticas los hijos
más agresivos del astuto comerciante
y libro en mano se proponen expulsar
al blanco infiel de la ciudad del Paraíso.

Y a sus oídos no ha llegado la caída
del gran Imperio ni el olor de la derrota.

Y, ciegos, nunca ven las ruinas de Cartago.