jueves, 9 de febrero de 2012

La noche de la tinta

   Cuenta el sabio Yeda Leví en La noche de la tinta que hubo una época, cuyas raíces se introducen en la tierra del olvido, en que el pueblo creía en los textos de las contraportadas e incluso en las fajas de los libros. La tragedia estaba inscrita en las cortezas de los árboles. En un principio, las cosas parecían ir bien. Cada lector, tras leer "la novela que está arrasando tal reino" o "el mayor hito novelístico de las tres últimas décadas", adquiría una posición literaria muy firme. Se volvía defensor absoluto de una estética concreta hasta que leía otra novela y, aconsejado por la contraportada, se convertía a la nueva fe. 
   Leví afirma que, en los inicios, la ensalada mixta inundó los territorios del mundo conocido. La actividad lectora ocupaba a toda la sociedad, había tertulias en cada bar y en cada lavandería. Cualquier niño era capaz de recitar estrofas enteras de poemas épicos, que siempre eran protagonizados escritores. Las publicaciones se contaban por miles y se declaraban fiestas nacionales por la muerte de éste o el nacimiento  del aquel otro. Los juntapalabras eran respetados y andaban  por la calle cubiertos de gloria y de ropajes caros, y aunque sus fanáticos variaban todos los días, el número total de locos se mantenía constante.
   Según nos cuenta el judío, cierta noche varias tertulias de la ciudad decidieron unirse, firmando un extraño documento. Formaron el Sindicato, agrupación cuyos miembros eran totalmente prescindibles. Ésta se encontraba adscrita a una corriente narrativa muy restringida, pero los directores variaban cada semana, cada nuevo best-seller, cada nueva faja.
   Así, comenzaron a surgir partidos opuestos que se enfrentaban en batallas nocturnas y terribles. Los seguidores de los partidos se cubrían con máscaras y salían a la calle, donde se atacaban las tertulias enemigas y los bares ajenos. La autoridad, por supuesto, no hacía nada, pues la guerra alcanzaba las altas esferas y el Gobierno era manejado por los partidos en la sombra de la noche. Se quemaban contenedores llenos de libros, se derruían estatuas. Por el contrario, durante el día reinaba la normalidad, pues las máscaras usadas por la noche servían a un doble propósito: permitir los cambios de partido literario y evitar el asesinato entre miembros de una misma familia. Bajo esta circunstancia, y como es lógico, se anuló cualquier atisbo de interés novelesco. Los esposos fingían una absoluta indiferencia por el fenómeno literario. Los miles de publicaciones periódicas se redujeron, en cuestión de pocos años, a unas decenas y los niños dejaron de conocer cantares épicos. Pero la guerra continuó por las noches, y las pasiones crecieron en silencio.
   En este punto acaba el manuscrito de Leví y es este final el que ha suscitado mayor controversia entre la crítica. Una sección de los intelectuales afirma que, una vez devorada por sí misma la afición literaria, la guerra perdió fuerza hasta apagarse, y que el pueblo que vivió estos sucesos ha quedado enterrado bajo capas y capas del polvo de la historia. Una segunda sección duda del fin de la violencia. Lo que expone claramente Leví en la obra es la  pérdida del elemento literario, y no la desaparición de la muerte. Los historiadores de esta segunda corriente sostienen, de esta forma, que la violencia continuó, olvidando el motivo inicial y dando pie a una serie de movimientos dialécticos en lo más profundo de las noches del país. La violencia se convirtió en el sustrato de la vida. Estos historiadores evitan, en general, la cuestión del destino del pueblo, aunque Juan del Rallo, en su trabajo Al norte de la oscuridad, entrevista en el capítulo cuarto a un hombre muy anciano de la provincia de Salamanca, quien recuerda cómo su tío abandonaba la casa familiar una noche de cada mes cubierto por una máscara de teatro griego y por toda la furia del hombre.
   

jueves, 2 de febrero de 2012

Un pequeño paraíso

Variación sobre un cuento de Cortázar

La cúpula del gobierno de la ciudad de Júzar había leído el cuento de cierto escritor argentino y revolucionario. Su vista era tan sumamente pobre o rica que interpretaron mal o perfectamente el contenido de aquella historia. Cuando llegué a la periferia de la ciudad, cargado, como siempre, con la mochila, ya había comenzado la temporada de vacunación. Dije que venía de fuera, que estaba tan solo de paso, pero daba igual, cualquier persona mayor de dieciocho años debía pasar por la aguja. En una jeringuilla, la preciosa enfermera traía un par de pescaditos, elegantes y negros, como gotas de alquitrán. No sentí nada cuando me pincharon y caminé, junto a cientos de hombres más, en dirección al centro.


Deseché toda la anterior ceguera, o quizás la olvidé, simplemente. El día anterior habían acabado los exámenes y, qué cojones, el mundo era una fiesta. Cuando ya estaba llegando a la catedral de Júzar, un hombrecillo que se viste de verde y que se sienta en los más esquinados rincones de mi cuerpo se ocupó de recordarme (los pescaditos no lo habían vencido) que el examen nunca acaba, que el verdadero examen viene ahora.