martes, 17 de enero de 2012

Gordas


Entre las chicas norteamericanas
que estudian español en la academia
de enfrente de tu casa, hay una gorda
que es igual que la Venus de tus sueños.

LUIS ALBERTO DE CUENCA



Un amigo mío dice que le gustan las mujeres fértiles. Es indudable que poder cultivar un par de berzas o una planta de tomates en una mujer es una prestación a considerar. Sin embargo, creo que mi amigo se refiere a otra cosa. Yo, por mi parte, soy más de gordas. Ya sabéis, mujeres con culos enormes. Pero con sentido del humor, ¿eh? Vas en el bus y de pronto se sienta una de mis chicas preferidas en el asiento de al lado. No está rellenita, no es ese tipo de mujer, no. Es planetaria, inmensa. Sientes cierta atracción hacia ella, una atracción sexual y gravitatoria, y durante todo el trayecto de autobús levitas sobre el asiento. Las mujeres delgadas me gustan, claro, pero aquí hay para dos o tres delgadas. Viajas nervioso, porque, joder, Zamora no se conquistó en una hora, y una cosa es ser un conquistador de gordas y otra George Clooney. Entonces te decides, y piensas que la poesía no entiende de pesos ni de tallas, y le susurras (o le cantas) al oído:


Fat bottomed girls
You make the rockin' world go round

Poco después, comienza el temblor de carnes y de camas.

viernes, 6 de enero de 2012

El rayo Hopkins

A Horacio Holiveira, que hizo esto mucho más fresco y guay

    Entré en el bar, que se encontraba en lo alto del pueblo. Cuatro hombres se jugaban el cocido a las cartas y tras la barra dos hermanas discutían nosequé platos y mesas. Me dirigí hacia las dos gordas y fue entonces cuando vi al anciano, que escribía en un apretado cuaderno. Lo hacía con urgencia, con voracidad. Todo el cuerpo se volcaba en la mesa y la luz ridícula del local se clavaba en sus arrugas. Me acodé en la barra. Después de un rato, el viejecillo se levantó. Pisó el abrigo que colgaba de su silla. 
     Se lo llevaron al hospital entre varios de sus paisanos. Las mujeres se miraban y negaban con la cabeza. En el bar se habían olvidado de mí, así que me acerqué a la mesa del (posible) difunto y, cogiendo el cuaderno, salí del local. Lo leí en el coche y ahora, recién llegado a casa, transcribo las que son (posiblemente) las últimas palabras del viejor:
     Qué haremos si nos quitan el blues. Si olvidamos el blues. Todo lo demás es comida de ricos: las cuerdas, el cuero, las guitarras. Todo eso importa una mierda de camello. Los discos, el público, las figuritas coleccionables de Star Wars ¿a quién le importan? Nadie baila, porque a quién le importa bailar. Solo importa sentir un pez dentro del pecho, el rugido de un pez en las venas. El blues, solo importa el blues. Y no estoy triste, nada de eso. El blues te pone triste si eres un llorica. A nosotros nos pone triste el reggaeton. El blues es como una azada que cava la tierra del hombre. El blues es la tierra del hombre y las patatas, y la flor de las patatas cuando el valle canta. Los hombres del pueblo salen, las noches de luna llena, y se sientan en la carretera y miran la blanca flor del valle, que les devuelve el blanco de los ojos. Eso es el blues. 


El blues es un camión que circula por el desierto y levanta una nube de polvo que sepulta toda una ciudad. El blues es el hidrógeno. El blues lo verían si arrancasen la pantalla del ordenador y mirasen los cables.  Por eso todo lo demás no importa una mierda de camello. Porque el blues es la mierda y es el camello, pero ni la mierda ni el camello lo saben.

lunes, 2 de enero de 2012

La muerte era un cuchillo de madera en las tierras al norte de tus ojos.

Bill Brandt

Mientras él escribe, sin mirar al mar,
siente cómo la punta de su bolígrafo tiembla.
La marea está subiendo entre las rocas.
Pero no es eso. No,
es que en ese momento ella escoge
entrar en la habitación sin ropa.
Medio dormida, ni siquiera está segura de dónde está
por un momento. Se aparta el pelo de la frente.
Se sienta en el váter con los ojos cerrados,
la cabeza gacha. Piernas abiertas. Él la ve
a través de la puerta. Quizá
se esté acordando de lo que sucedió aquella mañana.
Después de un rato, ella abre un ojo y lo mira.
Y dulcemente sonríe.

Raymond Carver
(traducción de yo)