sábado, 26 de noviembre de 2011

Dialéctica


At Columbus and Broadway, Berenice Abbot

Tropezó con una alcantarilla pero siguió corriendo, o lo que fuera, entre la masa gelatinosa. Las calles del Rastro estaban ocupadas a esas horas. No se lo podía creer, Dios, cuántas veces se lo había dicho a Nora. Estaba ya cerca de la tienda y veía el coche de los locales gruñendo a la entrada. Cuando abrió la puerta todos lo miraron como si acabase de apagar un striptease. Nora lloraba rodeada por tres pulpos de uniforme. Menos mal que has llegado, dijo ella. Nos la han vaciado entera, Juan, nos la han vaciado entera.
A él se le subió la sangre hasta los ojos.

Un hombre hojeaba una revista en la gasolinera. Gafas ahumadas, gorra, barba selvática. Un hombre raro. El gasolinero estaba cobrando al dueño de un A6. La gasolina, un paquete de chicles. El de la gorra posó la revista y se marcho detrás del tío del Audi.
Cuando estaba abriendo la puerta del coche el otro saca una pistola. El dueño trajeado, tiembla y le entrega las llaves. Se tira, ágil, en un charco. El Audi derrapa en la noche.

Juan respiró y una sonrisa de mil pájaros rompió su cara. Se quitó la barba falsa y las gafas. Sintió el tacto del cuero frío, el sonido preciso, implacable del motor. Se lo podría vender a Mijail por, no sé, veinte o veintidós mil. Respiró de nuevo. Librería Catedrall volvía a estar en el mercado.

Surgió del sueño como quien despierta de un baño helado. Acudió a abrir la puerta arrastrando los pies. Quién sería a esas horas. No había nadie en el rellano. Cuando se asomó a la barandilla de la escalera unas manos de metal le apresaron las muñecas. Lo tiraron al suelo. Varios lobos con chaleco y botas entraron en su casa. Exhibían nosequé orden. Gilipollas, no sabes que los Audi nuevos llevan un chip que. Mierda de ruso, joder, me dijo que lo había quitado. Juan sangraba por la nariz y por el labio.

Lo metieron en casa. Sobre la mesa del salón estaban la pistola de plástico y la barba. Nora, en ropa interior, contemplaba la escena desencajada y llorando.

Y sin embargo, a estas alturas, os juraría, os juraría, os lo juro, que vi en el fondo de sus ojos cierta complicidad cuando miró al pulpo que registraba el cajón de los calcetines.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Bécquer y la ironía truncada.



Bécquer murió de tuberculosis.

Hubiera sido bastante más poético
que lo hubiesen enterrado
tras abrazar a una yegua,
el cuerpo lleno de llagas,
los órganos inflamados
y podridos de tanto amor.

No sé, sífilis o gonorrea.

Pero ya lo decía Mankiewicz:

La diferencia entra la vida real
y las películas es
que un guión tiene que tener sentido.

Cuántos papeles rotos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Camino por la calle dando paso largo paso largo paso muy corto para no pisar las rayas rojas. Me inclino con el ritmo. Lanzo mis manos al aire y de vez en cuando una interjección y asiento. Joder, pero qué bueno. La gente piensa, muy probablemente, que vengo de la guerra o que estoy escuchando cierto blues de Otis Rush.

 Pero no.

En realidad, me está dando un ataque.