viernes, 24 de enero de 2014

As reading the Billy Collins' Aimless love

Algunas tardes,
cuando la luz es tenue y el café
no muy amargo y tengo varias horas
de nada por delante
--sucede así tan solo raramente--
recibo un don inesperado y leo
un libro de poemas que me gusta
de verdad, que consigue que recuerde
por qué empecé con todas estas cosas.

El mundo, entonces, como un niño
retrasado y hermoso a su manera
consigue formular unas palabras
que explican la tristeza de otras tardes
(que nunca fueron nuestras)
o el temblor de unos labios
o el bramido de ciervos en la noche.

(Pero ya he dicho que esto ocurre
tan solo raramente, pues los días
se parecen por norma
a la ritual comida de año nuevo
en la que es imposible discernir
      si es lo mal que cocina
            el cuñado de turno
      o la resaca de la noche muerta
      o la sobreactuada (aunque cierta)
            farsa de la familia
lo que otorga a este plato de cordero
el fugitivo sabor de la ceniza).